martes

Trabajar es malo

Era un bonito domingo, soleado. La noche anterior había llovido y el aire estaba limpio y fresco. Eran las cinco de la tarde y Carlos salía de casa con las gafas de sol, una camiseta vieja de propaganda, los pantalones rotos y una chanclas de goma. Se acababa de duchar y, a pesar de a donde se dirigía, se sentía bien. Se había despertado cuatro horas antes, después de una larga noche de descanso, había comido, había limpiado los platos del día anterior y se había duchado. Ahora caminaba sonriente calle abajo dirección al trabajo. Era domingo y se había pasado toda la semana anterior trabajando más del doble de lo que le tocaba, pero hoy era un día precioso y no pensaba ponerse de mal humor por tener que trabajar un poco más. Resultaba que una máquina de envergadura que solían usar se había roto y ahora debían hacer todo la faena en máquinas más pequeñas, con lo que el tiempo de trabajo aumentaba. Por supuesto, le tocaba pringar a él, Carlos.
Llegó al trabajo, encendió la radio y se puso manos a la obra: Encendió todas las máquinas, conectó los servidores y empezó a enviar las plantillas. Al cabo de dos horas un ruido extraño le desconcentró de la tarea. Bajo el volumen del aparato de música y le pareció que venía de fuera. Al asomarse vió que empezaba a llover, todavía tenía mucha faena, seguro que luego paraba.
Carlos llevaba mucho tiempo trabajando cuando su barriga empezó a rugir. Miró el reloj: eran las nueve. Se asomó a la ventana y llovía a cántaros, pero como no parecía que fuera a amainar pronto y por miedo a que le cerraran el bar decidió que mojarse era un buen precio a cambio de llenar el estomago.
Cerró la puerta con llave y empezó a correr hacía el bar. A medio camino, cuando ya estaba totalmente empapado, recordó que en el curro había un paraguas que alguien olvidó un día y nadie reclamó jamás, pero ahora ya no tenía sentido volver a por él. Al final llegó al bar, donde un animado grupo de personas que miraban un partido de algo debajo de sus secas ropas le miraró como si fuera un leproso. No era su culpa estar en remojo y tiritando, para empezar ni siquiera debería estar allí, que era domingo, joder. Ni siquiera Dios trabaja en domingo. Ignorando a esas personas de cálidas ropas y fríos corazones se dirigió a la barra y pidió un bocadillo de lomo, queso, cebolla y mayones, y, por qué no, una cerveza. Para entrar en calor. No tenía sentido sentirse mal, solo era una cerveza, y él ni siquiera debería estar aquí, que era domingo. Además el sábado no había podido salir por tener que ir a trabajar y realmente le apetecía mucho una cerveza. Como no paraba de llover y dentro del bar se estaba calentito, Carlos decidió quedarse a comerse el bocadillo allí. Total, era lo mismo comerlo allí que en el frío y oscuro local donde le obligaban a trabajar. Cuando iba por la mitad del bocadillo se sorprendió al ver su cerveza vacía, le costaría acabar de tragar ese pan tan seco sin algo líquido así que se pidió otra, igual el mal ya estaba hecho.
Carlos salió del bar algo más calentito y con algo menos de equilibrio. Al final habían sido cuatro cervezas. Por lo menos ahora ya le daba igual si llovía o si debía quedarse a trabajar hasta las cuatro de la mañana. Cuando llegó al trabajo volvía a estar empapado y temblaba tanto que apenas podía introducir la llave en la cerradura. Aún no entendía como se le había podido ocurrir venir en manga corta, pantalones rotos y chanclas de goma, tenía agua hasta en los calzoncillos. Al entrar en la tropezó con una caja, estaba menos hábil de lo creía. Además se percató de que había ido dejando un reguero de agua al entrar. Se desabrochó los pantalones para quitárselos, igualmente estaba solo. Malditas chanclas de goma. Apenas podía mantener el equilibrio. Tenía los pantalones medio bajados y aún llevaba las chanclas de goma. Malditas chanclas de goma. Maldito suelo resbaladizo.
Sonó el despertador. Daniel se levantó de la cama con dificultad. Nunca llegaría a acostumbrarse a levantarse a las seis de la mañana. Era lunes, tenía que entrar a trabajar a las nueve de la mañana y le quedaba mucho tren por delante. No sería tan duro si no fuera por que el fin de semana había hecho jornada intensiva en el bar. Era duro tener dos trabajos y además estudiar, pero era un buen precio a pagar a cambio de la seguridad del primer mundo. Por mucho que quisiera su cálido hogar, por lo menos aquí los niños de catorce no te roban a punta de pistola. Pero sin duda, lo que más le jodía era haber tenido que dejar a su muchacha allá, Atlántico de por medio. Sola, desamparada. La echaba de menos.
En el tren Daniel aprovechaba para estudiar un poco. Le estaba costando mucho sacarse la carrera, pero debía seguir esforzándose, solo así conseguiría ser alguien en la vida. Salir del agujero. En su tierra natal solo se podía ser pobre o ladrón, y ninguna de las dos opciones le gustaba. Debía aprovar la maldita carrera, encontrar un buen trabajo, traerse a su novia y comprarse una casa bonita.
Llegó al trabajo. Un día más. Joder, como odiaba ese trabajo. Lo único que le hacía continuar allí era la esperanza de un futuro mejor. Introdujo la llave, pero ésta no giró. Que raro, estaba abierto. Normalmente siempre llegaba él el primero ya que debido a la poca frecuencia de los trenes era o llegar pronto o llegar tarde, y no podía permitirse perder el trabajo, por mucho que lo odiara. Vio una luz en el local de producción. Se acercó a ver quién era el que había llegado temprano. La verdad es que en los últimos días habían ido de culo por culpa de una máquina estropeada. Seguro que era Carlos, uno de los pocos chicos que valían la pena. Aunque a primera vista parecía demasiado serio, en el fondo era un joven simpático y muy cumplidor, siempre que le había tocado trabajar con él todo había salido a la perfección y a su hora.
En producción no parecía haber nadie, aunque se veía en el luz en el ordenador del fondo y se acercó a echar una ojeada. De repente vio un bulto en el suelo, detrás de unas cajas. y se acercó a comprobar. A medida que se acercaba, sus sospechas se iban confirmando: efectivamente era Carlos. Sobre un charco de sangre, con la cabeza abierta.

4 comentarios:

Havoc dijo...

Un final un poco bestia...

Mira, si quieres, un dia de estos kedamos y te arranco la cabeza, pero no me lances tantas indirectas hombre :P

Ahora en serio, si, trabajar es malo coño. Es malo para la salud de uno.

Tiene sus cosas buenas evidentemente, pero joder acabas agotado, estresado, con ganas de rebentar todo lo que te rodea y de prenderle fuego a las putas personas que te joden la vida xD.

Animo campeón!!No dejes que la sombra te engulla, ¡resite!Y enorgullécete de seguir adelante como ser inmortal que eres :D

Al final solo será una mala racha.....ya lo verás...

PD: Y no te olvides de mirar el meteosat! xD

PD2: Te diré más, lo que necesitas en el fondo para curarte, es una buena fiesta con tu "small bro".

Schaduwplek dijo...

Que vas a saber tú lo qué es trabajar...
Por cierto, de este finde no pasa que nos peguemos una buena borracherra. Tu, yo y un Jack Daniels.

jordim dijo...

A mí el final me gusta. En todo caso, es una lectura relajada y agradecida..

liv dijo...

Hola Carlos... una cervecita?