domingo

Caballero

Atravieso con paso lento el campamento. La gente se aparta ante mí. Siento el respeto, quizás el miedo, en sus miradas. Entro en mi tienda, una de las más fastuosas, al lado de la del Conde. Está todo preparado. En la mesa de madera hay un mapa del terreno de batalla. Miro la ostentosa cama de carmesíes sábanas de seda donde de vez en cuando pasa la noche alguna lugareña o esclavas hechas del enemigo, humilladas pero serviles. A sus pies el baúl negro de madera maciza contiene algunas ropas de civil para ocasiones importantes aunque creo que nunca las usé. Me pregunto cuantos reclutas novatos, soldados inútiles a los que se insulta habitualmente y esclavos estarán ahora exhaustos por haber tenido que transportar mis pesados muebles de batalla, más lujosos incluso que los que tengo en mi propia casa.


Recuerdo mis primeros días de recluta, yo también tuve que transportar los muebles de algún militar importante, un capullo, pensé, por traer esos pesados muebles que no hacían más que estorbar; recuerdo que al día siguiente, en mi primera batalla real, todavía me dolía la espalda. Mi primera batalla. Quedamos pocos, yo fui el único de los nuevos, por supuesto en primera línea de combate al alcance de los arcos y demás proyectiles enemigos, que sobreviví; fue mi primer escalón hacía la fama. La batalla más sangrienta que he visto. Huimos como ratas. Nuestro general era un estúpido, y por eso murieron miles. Hoy en día no pasa esto, ni los generales son estúpidos ni huiríamos como ratas, ni yo ni ninguno de mis valerosos soldados. Morir en batalla, con honor, qué más puede pedir un buen soldado. Me pregunto cuántos años hará de eso. Diez quizás. Cuando vine tenía dieciocho recién cumplidos, ahora tengo treinta y dos. ¡Catorce ya! Que rápido pasa el tiempo. Y cuanto cambia la gente. Con dieciocho no era más que un chico idealista, convencido de las razones de esta guerra aunque sin idea alguna de combate ni estrategia militar; ahora soy un soldado de los más valerosos y un espléndido estratega, y ni recuerdo por qué luchamos, ni entiendo las razones de esta absurda guerra, pero lucho porqué ahora es lo único que se hacer. Matar.


Repaso mi equipo, mañana será la gran batalla y todo tiene que estar listo. En la percha de madera cuelga brillante mi armadura. Posiblemente valga más que todos los muebles juntos. Con todas sus piezas de acero templado, perfectamente pulido, con sus remates de oro. Miro el bello casco con sus grabados florales y su pluma verde, el color de mis soldados. El peto pulido a la perfección y con una ligera forma de quilla para desviar mejor los aceros enemigos. La babera, la gola y la pancera, el guardabrazos y los brazales, las musleras, rodilleras y grebas; y muchas piezas más desde la cabeza a los pies, todas conjuntadas en una unidad imponente. La mayoría de enemigos huyen nada más verme y los demás al ver el escudo. Pocos son los que no reconocen mi escudo. Un esplendoroso escudo verde con una rosa blanca grabada en relieve. Pero sin duda el mejor ejemplar de mi equipo es la espada. Una espada que la mayoría de soldados novatos ni podrían levantar en sus ciento treinta centímetros del mejor acero, la empuñadura dorada con una esmeralda por un lado y el grabado de una rosa por el otro, y en la hoja gravado: “El brillo de la rosa de la noche compite con las estrellas”. Encargada por el mismo Conde el día en que ascendí a capitán. Acaricio imprudente su filo traicionero y una gota de sangre resbala por su hoja. Lo limpio con el pañuelo mientras pienso el la cantidad de cuellos rebanados, extremidades amputadas y corazones atravesados por esta fiel espada llamada Rosa de la noche.


Mi mente vuelve misteriosamente a vagar en las brumas del tiempo. Recuerdo esta vez mi infancia en el pueblo. Recuerdo la simple mesa del comedor con la simple comida: hogazas de pan, trigo, probablemente patatas y si hay suerte un conejo. Mi madre me mira con ojos tiernos en un lado y mi hermana sonriente en el otro mientras que al frente mi padre orgullosos contempla la nada. En una esquina está el abuelo que nunca come. Y allí estoy yo, sentado a la mesa con ocho años y toda la vida por delante.


Recuerdo el olor a naranjo por las tardes mientras paseamos con madre por el jardín. Recuerdo el taller de cerámica de mi padre y las horas que me pasé sentado al torno aprendiendo el oficio.
Recuerdo correr por las calles empedradas con Rodolfo, o quizás subiendo al monte, jugando en el riachuelo y intentando cazar algún bicho. Después no sentamos al cobijo de un árbol y conversamos durante horas hasta el anochecer. Conversamos acerca lo que sucede en el pueblo o nos imaginamos fascinantes aventuras de caballeros gloriosos. Años después, sentados bajo árboles similares en nuestras escapadas, cada vez más infrecuentes, al monte; conversamos de mujeres y oficios. Aunque en los últimos tiempos de paz el único tema de conversa con Rodolfo era la guerra inminente. Decíamos orgullosos que nos gustaría tener una espada y un caballo para poder defender a nuestro rey de los asquerosos rebeldes. Curiosamente por esa época yo estaba de parte del rey.


No he vuelto a ver a mi familia ni a Rodolfo desde que huí del pueblo y me fui con lo puesto a la ciudad para defender mis ideales. Recuerdo la decepción de la ciudad. En el pueblo creía que sería una majestuosidad de piedra con majestuosos señores en sus caballos. En realidad era un criadero de ratas, lleno de polvo y excrementos y pudor a pescado podrido. Recuerdo vagar perdido por esa asquerosa urbe y, helado y desorientado ver acercarse uno rudo hombre que sacó un puñal y me amenazó sin contemplaciones a pesar de mi humilde aspecto. Recuerdo que al no tener nada que dar iba a darme muerte y ya con los ojos cerrados rezando al inútil dios del que renegaría no mucho más tarde, oí un golpe seco y creyendo morir me desplomé y al abrir los ojos vi a mi lado con mirada cristalina al malhechor. Entonces al alzar la vista vi a un noble con su espada y una sonrisa. Me llevó a su casa y me dio sopa caliente y estuvimos conversando hasta el amanecer. Con el salir del sol ya era un rebelde en el fondo de mi corazón. Iniciamos un duro viaje y me alisté en el ejercito. Ese noble fue mi capitán y protector en mi entrenamiento aunque murió en mi primera batalla. Cada vez que salgo al campo de batalla pienso un instante en él, que me hizo ver cuando estaba ciego. Le he vengado mil veces.


Un chico atemorizado entra en mi tienda y ante mi dura mirada pide disculpas por entrar sin llamar. Me dice temblando que el general desea verme.


Por la noche todavía pienso en mi infancia y no le hago demasiado caso a la chica de la cama que se duerme agradecida. Pienso en todo lo que ha pasado desde entonces. La perdida de la inocencia, de los ideales y después de la compasión. Me he convertido en una máquina, en un esclavo de la espada. Antes de dormirme pienso con el corazón en un puño que si recordara como se hace, lloraría.


Amanece y los primeros rayos de sol se filtran a través de las telas. Despierto rápidamente y miro a la belleza que duerme junto a mí. Sus preciosas curvas de color oliváceo. Me lamento de no haberle echo más caso anoche, no hubiera estado de más descargar tensiones antes de la gran batalla. La despierto y vuelve a la cruda realidad con un gesto triste de aceptación. No hace falta que grite muy alto para que aparezca Cristín, mi escudero, que sabe lo pronto que me levanto. Echa a la chica y me trae algo de fruta para comer. Me pregunta si estoy nerviosos antes de la gran batalla. El Conde contra el rey, en persona. La batalla definitiva. Esta mañana se decidirá quien gana la guerra. Ocurra lo que ocurra es mi última batalla. Si ganamos viviré bien el resto de mi vida, si perdemos posiblemente me ejecutaran de una forma humillante no sin antes torturarme. No. Eso jamás. No me capturarán con vida. No, no estoy nervioso. Hace años que perdí los nervios. Le pregunto si mi caballo está listo. Lo está.


La mañana pasa muy ajetreada ultimando los últimos detalles pero pronto tengo que ir a prepararme. Cristín, fiel escudero, me ayuda a enfundarme en la armadura y a subir al caballo. Cojo la lanza y salgo del establo. Todos mis caballeros están listos. flamantes. Una furia compacta verdiblanca. Se que no me defraudarán. Y a la cabeza voy yo, con mi fiel montura blanca, con tantas cicatrices como yo. Le acaricio el cuello. Relincha. Mis caballeros gritan. Todos se preparan en el frente.


De repente los vemos aparecen en el horizonte. Son muchos, nosotros también. Miro al Conde, se refugia detrás de las tropas, mirando la batalla bajo una sombrilla; posiblemente el rey haga lo mismo. Hace siglos que los reyes no combaten. Sus armaduras son puramente decorativas. La Rosa blanca las atravesaría sin dudarlo. Suenan trompetas. Tropas se mueven. Empieza la batalla. Como siempre los primeros en moverse son los novatos, con sus grandes escudos y sus pequeñas espadas, suelen morir la mayoría bajo los arcos enemigos antes de llegar a enfrentarse. Cada vez hay más movimiento, de momento la batalla está muy igualada. En el campo ya está toda la infantería y algo de caballería ligera. De repente un gran movimiento enemigo de caballería pesada. Las cosas empiezan a ponerse interesantes. Unas señales desde la tribuna del Conde. Antes de que toque el cuerno blanco que anuncia nuestra salida ya lo se. Mi caballo también lo siente y suelta un bufido.


Retrona el cuerno y salgo disparado sin mirar atrás, lanza en ristre, a por la caballería enemiga. Se que mis caballeros verdes están detrás, fieles. El choque es muy duro y mi lanza se rompe en el cuello del enemigo, entre el peto y el casco, que cae al suelo sangrando. El fuerte golpe hace que me tambalee pero no me puedo permitir dudar, saco mi espada y empiezo a luchar con frenesí en medio de una gran caos. No se lo que sucede en el resto del campo, pero aquí las cosas no van mal. Los enemigos son fieros, pero nosotros no nos acobardamos. En un momento determinado mi caballo recibe un mal golpe y cae herido de muerte. Por suerte puedo levantarme rápido y no quedan muchos caballeros montados que puedan rematarme. No es momento de lamentarse, me enfrento a un joven con poca protección y mi espada atraviesa con facilidad su cuero. Veo a un caballero enemigo que hace estragos y me dirijo a él. Realmente es bueno. Los golpes van y vienen y ninguno de los dos cede. Las espadas se estrellan contra los escudos y el cansancio empieza a hacer presa en él. Lo veo, es el momento. Su espada rebota contra mi escudo y se queda un instante con el brazo levantado. Mi espada penetra en su axila, y oigo el crujir de las costillas rotas. Grita. Pero no dudo, con un golpe de espada hacia arriba le arranco el casco, le rasgo el cuello y le corto una oreja. Por desgracia no le he alcanzado la yugular. Entonces lo veo. Es él. Rodolfo. Pero en su mirada no hay esa luz, solo hay furia. Me quedo paralizado con la espada en alto y como buen soldado que es no duda en contraatacar. Caigo al suelo. Todo empieza a verse borroso. Y entonces recuerdo como se hace.


Una lágrima resbala entre el cuero y el hierro y cae al suelo enfangado de sangre.

miércoles

Cerrado por examenes


Desde hace unos días (semanas) y durante unos cuantos más estaremos cerrados por vacaciones... quiero decir por examenes. Ya os enterareis del regreso, tengo preparados unos cuantos posts interesantes.

sábado

La noche empieza bien

La noche empieza bien. Después de quedar con unos amigos para algo que no viene al caso salimos al encuentro de los demás. Las diez y media. La noche empieza bien. Empieza en un bar cutre, barato, donde bebemos varios semen de rata (está muy buena y entra muy bien, aunque sabe a jarabe infantil) por siete euros el litro. Jugamos a cartas. Divertido. Estoy en una esquina (como toda la noche, aunque ya hablaré de eso) y mientras los demás hablan de gilipolleces yo me emparanoyo con unas extrañas marcas en la mesa. Una parece que pone “Sex”. Estoy enfermo. “Estás enfermo”, me apunto en el móvil para acordarme a la mañana siguiente. Estoy enfermo y necesito sexo. La tía que está delante mío me hace caso y pasa de mí según el momento. Extraño. Creo que está colada por el tío que está en la otra punta de la mesa. Un capullo. Es el único momento de la noche que llego a ir algo borracho. Le hago una foto a Mia (la tía que no me hace caso) y a Javi con el móvil sin que se den cuenta. Me gusta tener fotos de todos mis amigos. “Amigos”.

Nos vamos. No miro la hora. Pasamos por delante de un conocido bar y un un par de amigos entran a felicitar a una chica que nos gusta a un amigo y a mí. Por supuesto nadie lo sabe. Por supuesto yo no entro. Me quedo hablando con Javi Un gran tipo. Se marcha porqué “en teoría” al día siguiente tiene un partido de tenis con un japo. Un rato después salen los amigos y discuto con Fernan acerca de Javi, uno de los mejores chicos que viene de tanto en cuanto con el grupo. No nos extraña que se aburra. Nos proponemos integrarlo permanentemente, aunque es difícil. Le aburrimos. Hasta nos aburrimos a nosotros mismo; pero somos amigos y nos lo perdonamos.

Vamos a un bar de acabados y hacemos una absenta. Me siento en una esquina y acabo hablando con el tipo de siempre. Desarrollamos varias teorías. La primera es acerca de que el dueño del bar, que tiene dos locales, siempre está en el que nosotros vamos. O nos sigue o es omnipresente. La segunda es acerca de sentarse en las esquinas, donde estoy yo en este momento. Cuando estas en una esquina, por ejemplo en la derecha, solo puedes hablar con el tipo de tu izquierda. Por otra parte el tipo de tu izquierda debe decidir si hablar con el solitario tipo de su derecha (tú) o con los de la izquierda, donde está el resto del grupo. Por tanto los tipo de las esquina son unos marginados. Como yo. Y como el tipo con el que estoy hablando. Se me acaba el tabaco.

Salimos del cutre-bar. Tampoco miro la hora. Acompañamos a unos del grupo a comer un durum. Estamos en la plaza un rato. Me empieza a entrar el sueño. Dicen de ir a un bar a jugar a futbolín. ¡Pum! Lo reconozco. Aquí es donde empieza a acabar la noche. La peor idea que se podía tener. El principio del fin. Encima quieren ir a un bar a tomar por culo. Desde ese bar estoy a treinta y cinco minutos de casa. Desde donde estamos estoy a diez. Obviamente les digo que no. Les digo que vayan ellos, que así son pares. José me dice que quería acabar la noche conmigo, le apetecía hablar. Mala suerte; por muy amigos que seamos no pienso caminar treinta y cinco minutos de ida y otros tantos de vuelta para hablar con él mientas juegan a futbolín. Me intentan convencer. Que si después me acompañan a casa, que si se se puede volver en bus, que si soy su pareja de futbolín que si... Consigo que todo el mundo se ralle y deciden ir a casa. Miro el reloj. Son las dos y cuarto. ¡Me cago en la puta! Que pronto. Con mis antiguos “amigos” (Los que substituí por estos) todavía estaría empezando la noche. Propongo ir a hacer una sangría. Acabar bien la noche. Media hora solo, y después puedo ir a dormir tranquilo. Tan amigos. Todos me dan largas. Tengo que hacer algo. Les digo que yo iré, aunque vaya solo. Se lo creen, saben que soy capaz. Por supuesto no lo haré, pero en ese momento me convenzo a mi mismo. No consigo reclutar a nadie. Es extraño, siempre consigo algo más de lo que la gente cree que quiere, eso que yo sé que quiere. Algo más. Todos estamos rallados. Cada uno se va por su lado. Ellos, todos juntos, por uno, y yo por otro. Es el fin. El fin del fin.

Empiezo a caminar, solo; en un principio dispuesto a beberme la sangría solo. Cuando paso delante del bar de la sangría pienso que tendré que pedir una mesa para uno y un litro de sangría. Soy un borracho, pero no tanto, y en general no me gusta hacer el ridículo. Me paro en un bar que ponen una buena canción (una de esas buenas canciones que oyes a menudo, pero que no sabes el nombre del grupo o de la canción) a comprar tabaco. No tiene Lucky Strike. “Golpe de suerte”. Yo tampoco. Compro Camel, una buena alternativa; aunque no mi preferida, y me fumo uno. Camino, solo. Por primera vez en toda lo noche tengo frío. Camino, solo. La calle de piedra avanza bajo mi, constante. Las paredes se cierran cada vez más, asfixiándome. Una gárgola me mira y se ríe de mí. Normal. Paso por una vieja plaza, llena de viejos, apergaminados y mortecinos recuerdos. Allí dos vagabundos errantes pasan cerca; los dueños de la noche. Sus borrachas risas penetran en mis oídos, los atraviesan como una taladradora. Uno lleva una raída sudadera de “Hell's in us”, un grupo de Heavy Metal ochentero. Curioso. “El infierno está en nosotros”, significa. Lo más curioso es que en inglés se pronuncia exactamente igual que “El infierno está en el culo”. Curioso, pero en ese momento no le veo ni puta gracia. Sigo caminado. Llego a una calle importante. Intento cruzar pero un coche embiste y los tres de detrás aprovecha y pasan. Como los odio. Cruzo el medio. Veo un árbol al que le han cimentado las raíces. Triste, pienso. Espero... deseo con toda mi alma que ese árbol en un último esfuerzo natural rompa el cemento que le aprisiona y salga al exterior. En el siguiente paso de cebra embisto yo a los coches. Yo tengo razón, deben cederme el paso. Si me atropellan me tendrán que pagar una indemnización. No me importaría que todo acabara ahora. Que acabara ya. ¡Ya!










Pero no acaba. Sigo caminando. No veo, ni oigo, ni siento nada destacable. Camino. Camino. Camino. Camino. Camino. Llego a casa y veo a unos vecinos jóvenes que entran. Me cierran la puerta en las narices y tengo que volver a sacar la llave. Hijos de puta. Entro. Veo que uno de los vecinos cabrones espera el ascensor mientras lee un cartel con un anuncio. Llega el ascensor y me monto en el sin decirle nada. Que espere al siguiente, que se joda. Llego a casa y reenciendo el ordenador. Enciendo el Winamp y pongo Metallica de fondo, flojito. Son las dos y treinta y cuatro. Empiezo a escribir:

“La noche empieza bien...”

miércoles

Huracán etílico

He leído esta noticia esta mañana en el periódico metro que leo en clase (también hago sudokus):


Huracán etílico

"El fin de semana ha sido un tornado de botellones y revueltas juveniles, de embestidas a la policía y cargas (éstas, dialécticas) de políticos y encargados de la Sanidad en nuestro país. Un viento cálido de primavera un tanto pasado por agua. Llevamos varios días volviendo a hablar del botellón, las costumbres disipadas de nuestros jóvenes, el Apocalipsis y el fin del mundo. A más de uno le gustaría contratar a una supernanny como la de la tele para controlar sus nenes, que de críos consentidos y monísimos han pasado a ser unos adolescentes desmadrados que beben calimocho en los parques mientas pegan a les viejas. Y encima van y lo graban en el móvil. Bien pensado, a muchos les encaría que la supernanny Estado se pusiera las pilas y, puestos a prohibir, ya lo prohibiera todo. Ni botellón, ni música en la calle, ni sexo con o sin, ni porros (por supuestísimo), ni nada de nada. Los jóvenes son el futuro del país, y con estos jóvenes (parece que piensan algunos) no sólo vamos de cráneo sino que, a la mínima, nos invaden los de por abajo y esto se convierte de nuevo en una nación islámica. Los jóvenes deben ser un cruce entre Josemaría Escrivá y esos mormones rubitos y trajeados que, de dos en dos, salen del imperio con intención de adoctrinarnos a todos en sus creencias, Biblia en mano. En fin, que eso de que nuestro futuro se mame cada fin de semana porque sí preocupa mucho a los poderes fácticos y trae de cabeza a las mamás de medio país.

No se engañen por el tono de coña de esta columna. Claro que los desórdenes, si se llevan a extremo pasan factura. Y que un botellón mal entendido podría conducir de cabeza al alcoholismo a más de uno. Pero es que eso de que los excesos son malos deberíamos plantearlo desde la óptica contraria. No sé a ustedes. Pero a mí no me gusta nada el Estado policial que entre todos estamos ayudando a crear. Las libertades individuales brillan más por su ausencia, y dentro de poco habrá que pedir permiso para beneficiarse a la pareja, por aquello de la capa de ozono. Los jóvenes beben, sí. Nos rasgamos las vestiduras porque nosotros jamás hicimos algo parecido, no nos fuimos nunca de juerga, nunca transgredimos las normas. Fuimos corderitos que balaban al son que nuestros mayores marcaban... Vamos, por favor, no me hagan reír. Si uno no se suelta un poco a los 18 años, si no se rebela contra lo establecido, ¿cuándo lo va a hacer? Los vecinos se quejan del ruido, del jaleo, de la suciedad que el botellón supone. Lógico. Quizá la solución pase por habilitar unos espacios libres de vecinos antes que prohibir, prohibir y prohibir. ¿La diferencia entre un poco de mano izquierda y la mano dura de supernanny Estado? En Granada todo fue sobre ruedas y miles de personas festejaron la llegada de la primavera. En Barcelona (con una ordenanza cívica para controlar que los jóvenes no sean violentos), por desgracia, no sucedió así."

Sí señor. A tus pies.

Resumiendo, es todo lo que quise decir, pero dicho mejor y en menos espacio.

Esperaré tu próxima columna con impaciencia.

Columna de 21 de marzo de 2006 en el diario gratuito metro, por Fernando Peña Charlón. Si hay algún problema con la reproducción de la columna, ponerse en contacto conmigo.


lunes

Nuestras queridas fuerzas del orden


Esta mañana he leído en algún períodico gratuito la notícia de los disturbios en el botellón de Barcelona. Salían el número de detenidos y decía que después de declarar los habían soltado.

No estoy en contra de que detengan a los alborotadores que queman contenedores y destrozan escaparates, pero en un recuadro salía un testimonio (asumiremos que es cierto) de un chaval que no me extraña nada.

El chaval en cuestión decía que yendo por una plaza cercana a los disturbio un policía le había detenido con la excusa de: "Tú tienes cara de quemar contenedores". Después en la comisaría le perdieron el móvil, el mp3 y la chaqueta. Muy bonito.
Todos los elogíos a nuestras fuerzas del orden ya están dichos. Esto solo es un ejemplo más. Sólo quiero que pienses que ese chaval podrías ser tú, o tu hijo, o tu hermano, o...


Lunes 20 de marzo de 2oo6

sábado

Noticia – Disturbios en los botellones


Cualquier persona de este país se habrá enterado de los macrobotellones convocados ayer en muchas ciudades de españolas. En la mayoría funcionó bien, pero el las dos principales -Madrid y Barcelona- se preparó un gran dispositivo policial, para defender sus respectivas leyes de civismo. Por la noche hubo disturbios.

Yo quiero defender el botellón.

Se podrían habilitar grandes zonas alejadas de las zonas residenciales para realizar el botellón. Se podrían poner fuerzas de seguridad para el control y servicios médicos para los accidentes. Un servicio de buses también ayudaría. Y se podrían poner establecimientos de comida y bebida que seguramente saldrían muy beneficiados. Más adelantes se podrían poner carpas con música cobrando una pequeña entrada -uno o dos euros- o realizar conciertos en directo de grupos locales. Y ya está, tendríamos nuestra fiesta alternativa a las discotecas y bares de 5€ la copa. No tendríamos por qué hacer botellón en la calle molestando a los vecinos y ensuciando la vía pública. Al gobierno no le costaría tanto financiar esto y a lo mejor hasta saldrían ganando.

Pero bueno, el gobierno nunca haría algo así. No suelen pensar en los jóvenes. Nosotros queremos divertirnos, tenemos que divertirnos. Pero no quieren entendernos, ellos solo quieren asegurar su tranquilidad (a nuestra costa) y poder dormir en silencio todas las noches para ir a sus asquerosos trabajos enfundados en sus asquerosos trajes dentro de sus asquerosos coches caros. No quieren que esos jóvenes hippies que solo saben emborracharse y drogarse les molesten. Por eso nos clavan leyes de civismo que no nos dejan beber en la calle y que nos cierran los bares a las 3h. ¿Qué podemos hacer después de las 3h? No podemos estar en los bares ni en la calle, no pensamos pagar 12€ por una discoteca (que casualmente pueden cerrar a las 5h) y tampoco irnos a casa. Queremos divertirnos.

También nos ilegalizan la marihuana, que se utiliza con fines curativos, que se ha demostrado científicamente que no es tan mala como el tabaco o el alcohol y que legalizarla no llenaría nuestro país de drogadictos (como algunos creen), sino que hasta sería positivo (se reducen las mafias); como pasa en Holanda. Pero bueno, este tema va aparte.

Hablando de perjudicar a unos y a otros no, ¿por qué sí que se puede beber en las terrazas de los bares aunque estén la calle? Será por qué en los bares cada copa vale 5€ y parte de ese dinero va al estado, en cambio los estudiantes casi no pagan impuestos. No hay que joder al que paga. Por eso también han subido los impuestos al alcohol y al tabaco. Claro, los estudiantes son los que más fuman y beben (y a mucha honra). Además, como ya he dicho antes, nos cierran los bares a las 3h mientras que las discotecas a las que van los niños de papa que pueden gastar 24€ (12€ sábado, 12€ domingo; más si sale entre semana o se quiere uno emborrachar) en una semana, las dejan cerrar a las 5h.

Hay que hacerles recordar: Ellos también fueron jóvenes, también se rebelaron por lo que creían, ellos también se divirtieron, se emborracharon y hasta seguro que también fumaban porros. ¿Tanto les cuesta intentar entendernos? Saldrían ganando, seguro.

De los jóvenes depende el futuro de los que hoy gobiernan. No conviene intentar jodernos.


Sábado 18 de marzo de 2006


Actualización (20 de marzo del 2006):

Nuestras queridas fuerzas del orden


Actualización (21 de marzo del 2006):

Huracán etílico

miércoles

Feliz y solitario cumpleaños (o cumple-visitantes)


Bueno,¡ya hemos llegado a los cien visitantes! En cuatro meses que lleva el blog, es más bien poco.
La verdad es que nunca le di mucha publicidad, los posts no es que sean de un interés muy general (en pocas palabras, estoy llamando tontos a los que no leen el blog) y tampoco es que escriba muy bien (Me puedo ir olvidando del Nóbel de literatura; todavía me quedan el de matemáticas o el de física...). Cierto que al principio posteaba cada día, era como un niño con un juguete nuevo; pero últimamente lo tenía muy abandonado, entiéndanme, soy como un amante no correspondido: solo me han hecho 2 comentarios (y uno era una respuesta a uno que hice yo), es como hablarle a la pared. Pero no os lo hecho en cara, nadie puede obligaros a comentar mis estúpidos posts, yo tampoco lo haría.

Bueno, esperemos que las cosas vayan a mejor a partir de ahora. Muchas gracias a aquellos que sigan este blog, aunque dudo que haya ninguno.

Se despide un servidor.

jueves

Música alternativa

Buenos días a todos, ¿qué tal andamos?

Vamos a ver, hoy quería hacer un poco de publicidad para algunos grupos de música... menos conocidos (los más conocidos no necesitan publicidad).

La gran orquesta republicana:
El primero es un gran grupo de música muy variada, mezcla de varios estilos: ska, reggae, rock, mestizaje y otros estilos menos encasillables. Un grupo divertido, pero sobre todo crítico, con letras muy comprometidas con temas sociales: inmigración, globalización, política (sobre todo política, por algo son La gran orquesta republicana).
Por si fuera poco este gran grupo tiene un grana página web donde puedes comprar sus discos a muy buen precio y un foro magnífico, que hasta critica a la mismísima SGAE (para los que no se enteren, la SGAE es el diablo musical del mismo que Bill Gates es el diablo informático). Os remito al post.
Felicidades para este gran grupo.


Tom Bomadil: Ahora viene un grupo muy interesante, pero por desgracia ya extinto; les hablo de Tom Bombadil. Aparte de su magnífico nombre, os diré que es un grupo valenciano (con algunas canciones en su lengua natal) que tiene una música mezcla reggae-irlandés muy interesante y unas letras... Bueno, las letras son.. alternativas, por decirlo de algún modo: las que no hablan de tías o sexo, hablan de bares o alcohol. Muy a la onda con la juventud de hoy en día.
Por desgracia este grupo ya no existe y es muy, pero muy difícil encontrar alguno de sus discos, que si no me equivoco tienen dos
. Ni siquiera en la mangífica, todopoderosa, fuente de sabiduría que es la red se puede encontrar información de este grupo, apenas en un par de foros.

Camino

Ando por un camino. Un sendero entre la niebla. La tierra caliente y removida apenas se distingue del pequeño río el curso del cual siguen mis pies. Alrededor todo niebla y árboles. Árboles viejos. Llenos de recuerdos tristes murmuran, murmuran sin censar. Oigo sus palabras caer sobre la tierra húmeda como las gotas de lluvia caen sobre el mar, un mar gigante, inconmensurable, de inconmensurable tristeza. Caen las gotas de rocío, las palabras de viejos árboles, sobre la tierra húmeda y cruel, que se traga las pequeñas gotas hechas de recuerdos. De recuerdos tristes. Se las traga en el olvido. Sigo mi serpenteante y abrupto camino entre las tierra de los recuerdos olvidados, aquellos recuerdos que nadie quiere recordar. Sigo mi camino sin mirar atrás. No miro atrás, pero se que las huellas de mis pies descalzos arden un instante en fuego. Y luego se las traga la tierra. La tierra del olvido. Fuego de pasión. Olvido.

Se adonde lleva el camino. No es mi destino. El destino de los hombres se basa en las elecciones. Yo no elegí el camino, el camino me eligió a mi. Es el destino del camino. Soy el destino. Se que debo andar sin mirar atrás. No tengo elección. Tampoco miraré adelante, no hay nada que mirar. Ya se a dónde lleva el camino. Todos lo sabemos desde el momento en que nacemos, desde el momento en que primera vez amamos. Lo sabemos pero no queremos saberlo. Intentamos olvidarlo, pero está ahí, siempre, en nuestras vidas. Aunque no queramos, sabemos que es el camino. Y esta ahí. Siempre. Puede que no lo reconozcas, puede que jamás tengas que tomarlo; pero esta ahí, y lo sabes. Todos lo sabemos. Todos amamos. Camino por el camino. El camino del olvido, de los recuerdos olvidados. Camino hacía las montañas. Hace tiempo que el camino sólo sube, y se que no volveré a bajar. Voy a morir, a olvidar, a las montañas. Y voy por el camino del olvido. Puede que algún día yo sea un árbol triste, llorando sobre la tierra caliente, hasta secarse mis lágrimas y convertirme en un simple leño. Pero no me importa. Ya nada importa, sólo camino.

Mis pies se arrastran con lentitud, pero no con desánimo, para estar desanimado hay que tener alma. ¿Alma? ¿Alguien la vio? ¿Alguien la tocó, olió o sintió? Si alguna vez la tuve, la perdí al iniciar el camino. Sólo somos trozos de carne, sin alma; y cuando muramos sólo quedará el recuerdo. Nada es eterno, y menos eterno que nada es el recuerdo. Camino.

Entre las montañas me introduce el camino. No lo veo, pero lo siento. El aire es frío y asfixiante. El aire de las montañas. Lo respiro. Me trae sensaciones de dolor, de pasión y de dolor. Mucho dolor. No le temo al dolor. El dolor me trajo aquí y en el dolor moriré. Sigo adelante respirando dolor. Los árboles ya no murmuran, ya no se oyen las gotas al caer, la niebla ya no roza suavemente la tierra. No me atrevo a alzar la vista, temo que no haya nada que ver. Ya no hay árboles, ya no hay niebla. Sólo hay dolor. Dolor y un camino que seguir. Mis pies se abren y las piedras afiladas llegan a mi carne, el camino ya no es de tierra. Rocas como cuchillas supurando líquido negro y rojo. Dolor.

Camino eras enteras y el dolor, como todo, no tarda en desaparecer tras el olvido. No hay que olvidar que es el camino del olvido y es lo único que no se puede olvidar en este camino. Camino sobre una superficie gris, casi blanca; indiferente. Mis pies se paran y alzo la vista. Estoy frente a una cueva pequeña, oscura. Por encima, el cielo. El cielo purpúreo que marca el fin del día y comienzo de la noche. De mi noche. Entro en la cueva y duermo. Para siempre.



Estoy...

Me paso la tarde plantado en la habitación. Olor a tabaco, a sudor, a cerrado. Leo, escribo, miro, trabajo, pienso, imagino. Me aburro. Imagino.

Estoy sentado ante el ordenador y imagino que mis amigos/compañeros/fantasmas tocan a la puerta, abro sorprendido y me proponen ir a una fiesta. Cogemos el metro y nos plantamos en una vieja casa llena de gente guapa, buena música y alcohol. Hablo con todo el mundo; nos los pasamos genial. Acabamos la fiesta dos parejitas en el jardín, con un porro y muchas caricias. Todo es perfecto.

Estoy tumbado en la cama con un cigarro en la boca y imagino que suena el móvil. Lo cojo sobresaltado y es un viejo amigo. Me dice que si voy a tomar una birra con unos amigos suyos. Estamos horas hablando de asuntos banales. Cerveza tras cerveza. Después, ya con el puntillo, vamos a casa de una amiga suya y nos bañamos en la piscina, desnudos, riendo.

Estoy dando vueltas por la habitación comiendo chocolate y imagino que alguien me habla por el messenger. Es un conocido con el que nunca he hablado. Me dice que está aburrido, que si me apetece ir a su casa a fumar unos porrillos. Estamos hasta las once mirando videos cómicos y riendo. Vamos a un bar y empezamos a darle al tequila. Acabamos dando tumbos por la calle y cantando canciones irreconocibles.

Estoy leyendo la misma página de un polvoriento libro desde hace media hora y imagino que suena el teléfono. Es una amiga de una conocida de un casi amigo. Me dice que se ha fijado en mi y que ha conseguido mi número. Quedamos para tomar un café. Amanecemos en la playa, abrazos.

Estoy...

Creo que será mejor que vaya a dar una vuelta.